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Crítica Respetuosa

CRITICA RESPETUOSA POR PARTE DE UN MIEMBRO DEL RC

La carta presentada a continuación se quedó finalmente sin ser enviada. Ahora puede servir la misma para corroborar lo que desde 2007 alguien ya pensaba de las equivocaciones fundamentales del RC y por lo tanto de la LC.


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Muy apreciado en Cristo, Padre Evaristo:
Le deseo la paz de Cristo en su corazón.
No tengo el gusto de conocerle personalmente. La primera vez que lo he visto fue en la conferencia que nos dio a la sección de señores del Movimiento en Monterrey este pasado jueves 6 de septiembre de 2007. Obviamente, su nombre lo he escuchado muchas veces desde hace años.
Me atrevo a escribirle y lo haré con confianza. Confío en que estas líneas sean recibidas por usted con un espíritu de diálogo constructivo. Confío en usted. En este espíritu constructivo y de confianza le comento mi sentir sobre su conferencia de este pasado jueves.
Esta conferencia del día 6 de septiembre volvió a ser el mismo cantar de tantas veces. Primero que todo, usted estableció una fundamentada condena al materialismo —especialmente el que se vive en la sociedad sampetrina de Garza García— que comparto completamente con usted; pero al mismo tiempo, resultó que usted y los demás que nos dan conferencias como esta dan la impresión de ser tan materialistas como la misma sociedad aludida.
Permítame fundamentar mi punto de vista (en el cual he querido estar muy equivocado desde hace tiempo pero me sigo encontrando con lo mismo). Parte de las características que usted mencionó sobre el materialismo que vivimos en Monterrey es esa tendencia de las familias de vivir para la opinión ajena. Comparto completamente su punto de vista, pues así es la vida en San Pedro Garza García. Cuando queremos que la opinión ajena sea favorable para nosotros, lo que necesitamos entonces es presumir de todo lo bueno que tenemos y que hayamos logrado. Presumimos nuestro tener, nuestro poder y nuestra imagen que nos dan nuestros logros personales y nuestras posesiones materiales.
En Garza García —le recomiendo hojear de vez en cuando la Edición “Sierra Madre” del periódico El Norte, para que posiblemente le den ganas de vomitar— es muy común presumir todo y de todo, es decir, presumir las fiestas que hacemos, los autos que manejamos, los viajes que hacemos (salen reportajes hasta de las vacaciones de ciertas familias en donde se gastan patrimonios enteros), las casas que tenemos con toda su ostentosidad completamente desproporcionada, nuestros hobbies o pasatiempos absolutamente ajenos de toda trascendencia… en fin, aquí en la sociedad materialista de San Pedro todo es presumir y hacerle ver a los demás lo bendecidos que somos materialmente hablando y lo capaces que somos para lograr éxitos en nuestras empresas y proyectos personales.
Pues muchos de ustedes los Legionarios que han pasado por Monterrey parecen ser iguales o haber sido afectados por estar tanto tiempo en contacto con tanta gente tan rica y ostentosa (precisamente con esta gente que sale retratada varias veces al mes en la edición Sierra Madre), y usted lo manifestó quizá sutilmente en su conferencia en el Centro Empresarial de la Colonia del Valle. Usted se dedicó, con su matiz propio, a lo mismo que se dedican los sampetrinos: A presumir. A presumir que el Movimiento tiene mucho y de todo. Nos compartió muchas estadísticas, números y logros, al puro estilo materialista. Nos comentó de las muchas obras que tiene el movimiento, sus numerosos seminarios, centros de formación, casas de retiro, etc. Nos comentó del número de miembros que somos y de los objetivos que hay de crecimiento. Nos presumió que somos un movimiento que tenemos una cantidad de opciones apostólicas que ninguna otra congregación religiosa tiene en el mundo. Nos presumió cómo ese párroco de Phoenix quedó impresionado ante tantas alternativas apostólicas tan eficaces que el Movimiento le presentó, al grado de pedir que un miembro del Movimiento se encargara de toda pastoral de su parroquia. En cierto modo, comparó el movimiento con otros movimientos y otras congregaciones de la Iglesia y nos mencionó que ninguna de ellas tiene tantas opciones apostólicas como tiene el Regnum Christi. Queriendo o sin querer, consciente o inconscientemente, presumió de que el Regnum Christi es mejor que muchos otros o quizá que casi todos los demás. Y aquí es donde creo que debemos de tener mucho cuidado (aunque lo que usted nos haya transmitido fuera cierto, y no dudo que lo sea).
Lo peor de todo fue cuando nos comentó acerca de ese sacerdote fundador de una congregación, que les invitó a los Legionarios a la inauguración del proyecto de su vida: “el haber fundado un seminario en Roma a sus 80 años de edad”. Usted, con toda esa sutil arrogancia cargada de buen humor que a veces se percibe en estos ambientes del Regnun Christi, mencionó que Nuestro Padre había logrado abrir un seminario en Roma apenas los 30 años de edad.
Me queda claro que lo que ha hecho Nuestro Padre para la Iglesia no tiene precedente y nos provoca a todos una profunda admiración y gratitud. No obstante, el tanto presumirlo y presumirlo y presumirlo me parece que hasta nos distrae. Es decir, en el Movimiento muchas veces hablamos más de nosotros mismos como movimiento que del mismo amor de Dios o que de la misma misión de la Iglesia. Podremos conocer quizá más la historia del Movimiento que la historia de la Iglesia, o peor aún, que la misma Sagrada Escritura. Podremos saber más sobre los estatutos del manual del Reino que sobre los documentos pontificios. Y si estamos para servir a la Iglesia, ¿cuántos de nosotros conocemos los documentos que haya promulgado nuestro obispo, por ejemplo?
Yo estoy convencido, Padre Evaristo, que definitivamente Dios Nuestro Señor ha actuado en el Movimiento y lo ha bendecido abundantemente. También me queda muy claro que el Regnum Christi ha dado un fruto incalculable para la Iglesia en el siglo XX y lo continúa haciendo ahora. Pero creo que en los últimos años sutilmente hemos recibido una señal de Dios de que debemos de reflexionar un poco más y dejar a un ladito tanta arrogancia que nos ha invadido por tantos años (a veces sin darnos cuenta), especialmente en las secciones como la de jóvenes y señores de Monterrey.
Tengo que confesar que no conozco bien el Movimiento fuera de Monterrey y no dudo que en otros lugares de México y del mundo —especialmente Estados Unidos que también tanto nos lo presumió— la vida de las secciones y de los apostolados del Movimiento sí esté más impregnada de la presencia de Dios que es amor.
Esta señal que me parece que Dios nos envía de que debemos de reflexionar un poco más en nuestro sentir sobre qué y quiénes somos nosotros mismos, primero como cristianos y luego como movimiento dentro de la Iglesia, se corrobora con la consagración de Joseph Ratzinger como Sumo Pontífice. El que Benedicto XVI sea ahora el Papa no es casualidad, sino un gigantesco regalo de Dios para la Iglesia, de hecho un regalo tan grande que desafortunadamente muy pocos hemos podido constatar la belleza de persona que es este Papa y la sencillez y profundidad de su pensamiento.
Me gustaría compartir algunos puntos aislados que el Cardenal Ratzinger dejó claros durante su ministerio como Prefecto de la Fe Católica en los cuales, me parece a mi, deberíamos de sentirnos directamente aludidos. Le comparto aquí unos parrafitos que creo que fundamentan mi sentir sobre el contenido de información que muchas veces se nos presenta en los retiros y conferencias del Movimiento, y que creo que ya llegó la hora de no andar presumiendo tanto, pues de pronto podemos parecernos a esos materialistas que tanto daño hacen a la sociedad con sus ostentosidades.
Por ejemplo: En una conferencia dictada el día 10 de diciembre del año 2000 durante el jubileo de los catequistas y los profesores de religión, el Cardenal Ratzinger estableció: “El Evangelio está destinado a todos y no sólo a un grupo determinado, y por eso debemos buscar nuevos caminos para llevar el Evangelio a todos. Sin embargo, aquí se oculta también una tentación: la tentación de la impaciencia, la tentación de buscar el gran éxito inmediato, los grandes números. Y este no es el método del reino de Dios. Para el reino de Dios, así como para la evangelización, instrumento y vehículo del reino de Dios, vale siempre la parábola del grano de mostaza (cf. Mc 4, 31-32). El reino de Dios vuelve a comenzar siempre bajo este signo.”
Queda claro que el Regnum Christi, como toda obra de Dios, comenzó como el granito de mostaza de la parábola evangélica a la que el Cardenal hace aquí alusión, pero creo que nos deja en claro que el basar el éxito en los números no es la mejor manera de medir qué tanto el Reino de Dios se haya verdaderamente estableciendo dentro de nuestros corazones. Hay muchos números que se nos comparten con frecuencia en el Movimiento, y estos se transmiten como fundamento del éxito del Movimiento. ¿Será necesario seguir hablando de los grandes éxitos que tenemos? ¿Qué aporta el decir que hayamos logrado tanto?
Es cierto que las estadísticas algo indican pero me parece que nos ocupamos más de ellas que de concentrarnos en tener un auténtico encuentro con Jesús Resucitado. Insisto que, me parece a mí, invertimos más tiempo en lo que se refiere a nuestra vida como miembros de una organización (el Movimiento) que en el cultivo de nuestra fe, esperanza y amor fraterno. Incluso en retiros, hay veces que se habla más de lo que el Movimiento hace y de lo que debemos hacer en él, en vez de profundizar más y más cada vez en el misterio del amor de Dios y de su presencia aquí y ahora. Con tantos números y objetivos y tanto “hacer”, hay veces que nos distraemos y la presencia de Dios deja de sentirse.
En su Encíclica “Deus Caritas Est” el Santo Padre nos llama la atención diciendo: “Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción… Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos comprometidos en el servicio caritativo.” Esta es una tentación que siempre hemos tenido y que, me parece a mi, continuamos sin poner los medios para no seguir cayendo constantemente en ella.
Padre Evaristo, yo pudiera seguir escribiendo aquí varias hojas, pero ya no lo quiero marear más. Creo que mi sentir quedó claro. Si he provocado que se haya sentido algo ofendido por lo que aquí le escribo, quiero decirle que se lo comparto de corazón, con mucha confianza y con total confidencialidad buscando que usted me comparta su punto de vista que me ayude a crecer y a poder ver lo que no he logrado ver.
Yo estoy seguro que usted me hará reflexionar muchas cosas con su respuesta que espero tener pronto, pero también creo que algo de razón tengo en estas líneas.
Yo le pediría que volviera a Monterrey más seguido, pero que volviera a hablarnos de Jesús, de los santos, de la eficacia de los sacramentos, del poder infinito de la Eucaristía que tiene para transfigurar nuestra vida según el corazón de Cristo, de cómo vivir la pobreza evangélica a la que todos estamos llamados, la castidad matrimonial y la obediencia como cristianos comprometido al servicio de la Iglesia. Yo creo que el Movimiento estaría todavía más cerca del corazón de Jesús si habláramos menos de él y de sus logros, y nos concentráramos más en hablar de Dios.
Y termino con este párrafo de la conferencia que dio el Cardenal Ratzinger en febrero de 1994 ante la Comisión Pontificia para América Latina: “Los predicadores de hoy —me parece a mi— hablan poco de Dios. El tema ‘Dios’ a menudo es marginal. Se habla mucho más de los problemas políticos, económicos, culturales, psicológicos. Se piensa que Dios es conocido: que son más urgentes los problemas prácticos de la sociedad y del individuo. O dicho con otras palabras, no parece que hablar de Dios sea hablar de una realidad ‘práctica’, de algo que tenga que ver con nuestras necesidades reales. Y aquí Jesús nos corrige: Dios es lo más práctico y urgente para el hombre. Como discípulos de Cristo, tenemos que dar al mundo la realidad más urgente: la presencia de Dios… Dios parece demasiado lejano. No interviene en nuestra vida —se piensa—, hablemos, pues, de cosas reales. No, dice Jesús: Dios está al alcance de nuestra voz. Dios está cerca: esta es la primera palabra del Evangelio, y ella, si creemos, transforma nuestra vida. A partir de la orden de Jesús todo esto debe ser anunciado con renovada fuerza en nuestro mundo.”
Padre Evaristo, espero que lo he escrito aquí no sea usado en mi contra sino como punto de partida de un diálogo constructivo que, estoy seguro, me ayudará a crecer y nos ayudará a los dos a reflexionar más.
Dios le siga concediendo una vida llena de los frutos de la presencia del Espíritu Santo.
Espero su respuesta.
Feliz domingo,