versión de texto
Escrito del Presidente ¿Quiénes Somos? Inscríbete Testimonios Documentos Caso Patricio Recursos El Legionario Foro de Debates Marcial Maciel Libros de Interés Videos Notas de Prensa Recursos para socios Contactanos Tus Escritos Cuentas
Inicio Testimonios Silencio

Testimonios


P. Peter Cronin Emilio Aaron Entrevista con el P. Thomas Berg Las Razones de mi Silencio Carta a SS. JPII Francisco González Parga Esther Paul Menchaca Heil Christu El Legionario y la Espia Niña violada por Jorge Carrillo Silencio Caminante



Silencio



Estimado Amigo:

La polémica reciente de los medios de comunicación de nuestro país en las que mi modesta persona hubo de intervenir y la pregunta de mucha gente: "¿por qué sus compañeros y él hablan ahora después de tantos años de mudez acerca de materias tan graves?" te sugirieron la conveniencia de que escribiera unas cuartillas para la revista sobre mi vivencia del silencio.

El modo tan personal y humano como me lo pediste me señaló como apropiado para responderte el género epistolar y que un método oportuno, quizá, sería el de soltar la memoria en torno al tema. Inevitablemente reaparecería una lejana e íntima taxonomía de silencios; por ella se explicaría cómo el grato sentido original de esta forma de libertad interior se desvaneció de mi vida, antes gozosa, hasta cambiar de signo por una dolorosa experiencia pseudoreligiosa que durante años secuestró mi cristianismo y cómo éste se desnaturalizó y devino opresor.

Aunque mexicano de origen, tal vez mi adolescencia, iniciada en Europa sólo muy pocos años después de la Segunda Guerra, y mi primera juventud hayan sido regidas, en lo ético, por el concepto de la voluntad y marcada por varias experiencias del silencio.

Ya antes, desde niño, en la vía del conocer, intuía ese no sé qué prefilosófico que nos introduce espontáneamente como en la esencia de las cosas: fijas, quietas frente a nosotros, materias inmóviles, solas. Esta conciencia particular, luego, en la vida más ampliamente social y de valoración moral, habría yo de suponerla siempre en relación con el uso libre de su contraparte, la palabra y con el sentimiento de la soledad escogida. Por eso, especialmente cuando mi decir y mi entendimiento y práctica de la compañía fueron coartados, su significado quedó también asociado al sentido de la imposición autoritaria.

Para quien cree en la Providencia o simplemente para quien se preocupa con interés de la causalidad es difícil pensar en momentos desengarzados de la vida. Pienso así que, proviniendo yo de una familia religiosamente informada, todo iba disponiendo en mí las bases para el contraste con vivencias posteriores.

Desde mis primeras liturgias y lecciones religiosas oídas ya me asombraban el gran silencio de Dios, especialmente el sugerido por su insondable obrar sobre las aún ciegas aguas obscuras. También los muchos silencios de Cristo, recordados más tarde en lecturas de De la Palma, Ricciotti, Hornaert, Papini, Daniel Rops y del mismo Gabriel Miró en sus sensuales Figuras de la Pasión.

En mis primeros encuentros con la poesía no clásica, gracias al talento iniciador de Luis Alonso Schökel, maestro innovador de la Universidad de Comillas, empaticé con González Martínez y con la pureza lírica de su Silenter "hecho --como quería Alfonso Reyes-- de ética y estética a la vez". Escuché las fontanas sombrías de Antonio Machado, que sensibilizaban más la quietud de las tardes aún luminosas ("sólo la fuente se oía..."). Mistifiqué también mi alma con el ritmo casi perfumado de los "Nocturnos" de Juan Ramón Jiménez ("Era una noche inmortal, serena y transparente...", "los árboles no se mueven, / y es tan humana su calma / que así parecen más vivos que cuando agitan sus ramas...").

Mas aquella edad nuestra era ágil, de marchas y montañismo, aunque moderada por la presencia constante de un imponente mar verde-plomizo como la de un antiguo y sobrio tutor mítico cuya sola visión nos educara en hondura, reflexión y prudencia. Era la nuestra una adolescencia aún no engañada, de una espiritualidad todavía sin complicaciones, viviente de un cristianismo sin pretenciones sectarias ni exclusivistas. No era yo consciente entonces de que formaría parte de las de las "fuerzas especiales de la Iglesia" . Mis futuros compañeros alemanes, varios de ellos excombatientes de las Juventudes Hitlerianas en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial: Joseph Hermann Schmidt Valkenberg (Solingen), Walter Lamertz (Düsseldorf), Hans Georg Beyler (Duisburg), no nos eran presentados aún, con evidente simpatía anacrónica pronazi, como ejemplos de reciedumbre a los "blandos" muchachos mexicanos.

La observación de la quieta y armoniosa vida monacal había influido sobre los jovencitos que éramos durante nuestro internado en el Colegio Mayor Mexicano, en Cóbreces, Santander, a pocos kilómetros de Comillas y de los bosques de Cabuérniga, lugar entonces todavía de lobos y jabalíes, en nada distinto de los descritos por Pereda en su Peñas arriba. La adyacente abadía cisterciense de Santa María de Via Caeli --neogótico reconsagrado después de su desecración por las milicias comunistas durante el primer año de "la Cruzada"-- como una mansa oveja blanca balaba campanadas sobre la verde ondulación del paisaje.

Los veranos lucían un glorioso cielo azul mariano sobre playas recoletas, ignaras de turismo. El otoño humedecía las largas avenidas con plátanos de troncos encalados, a cuya planta anidaban, quietas, bajo una menuda lluvia cadenciosa las hojas amarillas, miméticas de los lejanos arces que, años después, me recordarían los flameantes colores de los bosques de Nueva Inglaterra durante mis estudios posteriores.

En aquellos privilegiados parajes nos fascinaba el misterioso deambular sin palabras de los monjes cistercienses. Se nos leía entonces en el refectorio, durante la cena, La familia que alcanzó a Cristo del trapense padre Raymond. Por él empecé a amar la Edad Media, "dulce y fecunda", mucho antes de leer a Georges Duby y Mount Saint Michel y Chartres de Henry Adams. Algunos, en nuestras fantasías de entonces, pensamos, como los hermanos de San Bernardo de Claraval, en dejar las armas de una caballería imaginaria y entrar en el Císter. El padre Fructuoso, ecónomo de la abadía, socorría a veces nuestra escasez de alimentos (cartilla de racionamiento), cuando ni los dólares ilegalmente cambiados en el mercado negro o con Don Martín en la cafetería de la estación ferroviaria de Santander, no alcanzaban a resolvernos la pobreza de la dieta. El recuerdo de este padre Fructuoso me es grato, además, porque fue él quien autorizó la edición en castellano del libro de otro silencioso, Thomas Merton: The Seven Storey Mountain , cuya lectura más tarde me llevó a gustar de su The Sign of Jonas y de su Seeds of Contemplation.

Pero las tardes encendidas sobre los acantilados a la escucha de las enseñanzas fragorosas del Cantábrico; la sexta sinfonía de Beethoven, escuchada bajo los manzanos amigos de en frente del colegio en el alfoz de Lloredo; la poesía de Horacio sobre el grato retorno de la primavera, y, de Virgilio, sobre el ensombrecimiento gradual de las laderas al deslizarse el sol como roja moneda en la alcancía de los montes, más allá de la Vega de Pas, todo en aquél idílico y puro mundo montañés hubo de terminar.

Un día, al final de septiembre, iniciamos la ruta de los Pirineos en camino a Italia, por una Francia cuya vida, a pesar de la reciente derrota indochina en Dien-Bien-Fu, tenía un gustoso sabor de ropa ligera, de bienestar y libertad. Era paradójico --pensaba yo-- que, al ir despidiéndome "del mundo" hacia la desconocida renuncia religiosa, la vida se me fuera entregando tan luminosamente por campos colmados de sol, por sombreadas carreteras, rectas como los verdaderos caminos del Señor, por tierras bendecidas de la Provenza, olorosas a vendimia y lagar: panoramas de viñedos, naranjos y olivos, mezclados con recuerdos de mis lecturas escolares del Julio César conquistador de las Galias.

La rojiza Liguria nos recibió en una Italia hacendosa de recuperación. Rápidamente Génova, Pisa, Livorno (largos asentamientos militares norteamericanos), Grosetto, con la premura de llegar a la Roma triunfal, ciudad más abierta que nunca, de los años cincuenta.

La vieja Vía Aurelia, que había descendido desde Francia, llegaba a su fin. Era un atardecer diáfano del octubre temprano, con una transparencia cálida y contemplativa. Todos los conocimientos y sentimientos acerca de la Roma imperial y, sobre todo, cristiana que desde mis inicios humanísticos había acumulado admirativa y entusiastamente aparecieron, como en una visión soñada, en el perfil nimbado del lejano duomo de San Pietro. Eso pensaba yo: Roma, arte de siglos, virtud y santidad.

Poco más tarde habría yo de quedar mudo en la campiña romana ante una gloriosa soledad circundada por témpanos de historia.

Días después, cuando todo parecía preludiar la confiada experiencia espiritual esperada con emoción, empezaron los súbitos desprendimientos humanos. Fui "armado caballero", al serme entregados un Manuale Christianum, un cilicio que me ceñiría la pierna derecha los lunes, y una disciplina de nudos con la cual, los miércoles, por la noche debería azotarme la espalda.

Los nítidos corredores de travertino del moderno edificio del Collegio Massimo reflejaban con frialdad el súbitamente consciente lento andar de hombres tan jóvenes. Brillaban de "Brasso" las perillas de las puertas. En ninguna parte había mancha alguna de moscas en los traslúcidos cristales de las ventanas, que nos separaban ya del, antes libre, cielo azul recortado por las copudas frondas de los pinos romanos. Un crucifijo limpio, blanco, en el ábside de la capilla minimalista, centraba sobre sí las miradas. El impecable Cristo de Warner Salmann presidía, de perfil, la sala de conferencias, al lado de un enlucido piano negro de concierto.

El cordial "tú" castellano de nuestro viejo compañerismo quedó suprimido. Lo substituía un "carissime frater" formal y, a pesar de lo aparentemente dilectivo de la expresión latina, neutro y distante. En nuestras Humanidades habíamos leído el diálogo De amicitia de Cicerón, pero allí para nosotros toda amistad "personal" (¿hay amistad que, por su propia naturaleza, no lo sea?) quedaba ya terminantemente prohibida. ¿Peculiaridades de las órdenes religiosas? Después supimos que no.

El trato con estudiantes de otras instituciones nos estaba vedado, sobre todo con los del Colegio Español y del Colegio Pío Latinoamericano: ellos –se nos decía--eran desmañados y no estaban "revestidos del estilo de Cristo": nosotros teníamos que ser "distinguidos como hijos de rey y, al mismo tiempo, humildes servidores de todos". Pero, curiosamente, nos era menos prohibido el acercamiento a los escolares del Collegio Americano y del Collegio Canadese, cuyos edificios eran recientes como el nuestro y que proyectaban aprobadas imágenes de modernidad, pero con quienes, por la notable diferencia idiomática, era menos accesible la comunicación. El latín era una "lingua franca" no igualmente dominada por todos.


Transcurrido menos de un año de mi ingreso en el Collegio Massimo, abruptamente fui dos veces objeto de abuso sexual por parte de su fundador y superior general. Ya lo revelé en mi testimonio legal. Como luego he sabido, si no hubiera sido por nuestra confundida inocencia, muchos habríamos podido empezar a sospechar de otros motivos reales para tanto silencio y separación frente a jóvenes como nosotros, que habrían podido --si aquello de nuestra parte hubiera sido psicológicamente posible-- transmitir oportunamente nuestro penoso estado por lo menos a sus superiores y, éstos, a otras personas de autoridad religiosa en el Vaticano.

El Derecho Canónico permite que los religiosos puedan escoger a su confesor y, en caso pedido, aun tratándose de un sacerdote externo. A pesar de ello, a nosotros se nos decía --como también han repetido recientemente algunos obispos mexicanos-- que "la ropa sucia se lava en casa". Pero una vez al año, se nos llevaba pro forma en grupo, el mismo día y a la misma hora, al templo de Sant’Andrea La Valle, cerca de Chiesa Nuova, regido aquél, para mayor seguridad, por monjes de clausura.

Nadie cuestionaba que nuestra correspondencia de entrada y de salida fuera violada. Sé de algunos compañeros que silenciaban en clave sus sentimientos personales. Yo también alguna vez escribí así mi diario. De pedir acceso a un ejemplar del Derecho Canónico, éste habría sido denegado. Mencionar allí entonces el concepto de "derechos humanos" habría sonado fuera de lugar. Nada nos pertenecía. Ni nuestras propias palabras; y, con el tiempo, ni nuestros propios pensamientos.

Un crítico anochecer de mi vida en Roma, ví en la vitrina de la Librería di San Paolo, el título traducido de otra obra de Tomas Merton: Nessun uomo é una isola, con el verso aquel de John Dunne que, en los años sesenta, inspiró una canción de Joan Baez: "No man is an island..." Pero nosotros, entonces, a pesar de las apariencias de cristiana y fraterna solidaridad, descontextualizados, lejos de patria y familia, formábamos un archipiélago de soledades, cada uno consumido por su propio silencio...

¿Era Dios un consuelo? Una hipóstasis indivisible existía entre Dios y la persona del superior. "El Espíritu sopla donde quiere", dice la Biblia. Pero en la Legión de Cristo las mociones interiores del Espíritu también estaban sujetas al escrutinio suspicaz del director. Sé del caso de un legionario a quien le fue retirada una edición inglesa de la obra de San Juan de la Cruz, regalo de su padre, profundo poeta espiritual él mismo.

El pensamiento religioso no bien visto por el padre espiritual era peligroso. Los nombres de místicos como Santa Teresa de Ávila, el beato Sebastián de Orozco aparecían solamente en historias de la literatura castellana. Catalina de Siena, Angela de Foligno y hasta una francesa ‘mujer de este mundo’ Elisabeth Lesseur, eran citadas por conferenciantes ocasionalmente invitados. Edith Stein, hoy doctora de la Iglesia, de la que alguna revista madrileña escribía ya desde los tempranos años cincuenta, habría sido ignorada allí entre nosotros por el solo hecho de ser hebrea. Jacob Boehme, Meister Eckhart y Jean Tauler eran ilustres desconocidos.. La rica espiritualidad griega, exceptuados unos sermones de San Juan Crisóstomo y un ejemplar, inexplicablemente encontrado, de Nicolás Kavasilas (La vida en Cristo) , no existía.

Además de algunas epístolas de San Pablo, del somnífero padre Rodríguez: Ejercicios de perfección y virtudes cristianas) y de los carismáticos escritos de Dom Columba Marmión, se reiteraban aquellas lecturas que más reforzaran la dependencia: El culto de la regla y El culto de los votos, del padre Colin. Mas el padre Rafael Arumí nos encomió grandemente una vez a una obscura monja, autora de un folletito titulado "Los doce grados del silencio". Olvidando que todo está en la conciencia, uno de esos grados lo representaba la reverberación de la lámpara del Santísimo. Y, en una institución llamada "cristocéntrica", un principal alimento espiritual se consideraban las insubstanciales cartas "doctrinales" del fundador, apócrifas en gran parte. De lo cual hay testimonios.

Contadísimas veces en mi vida ví al fundador y superior general en silencio. Y nunca a solas y contemplativo en un recinto sagrado. Sus misas sumamente infrecuentes.

"No hables de ‘mi enfermedad’ ni con el padre Rafael Arumí ni con el padre Antonio Lagoa" –me dijo Maciel, después de manipular por primera vez la sacralidad de mi cuerpo. Era ya primavera y, no lejos de la enfermería (recinto mayor del daño individualizado, pero general y continuado), empezaba ya a florecer un almendro. Luego lo comprendimos: al margen de Nietzsche, en una nueva vuelta, Dionisos quería esconder su naturaleza irrefrenada tras la perfecta normatividad apolinea de la espiritualidad colectiva. ¿Para qué ser virtuoso de veras, si con simular serlo, en este mundo de apariencias, con técnicas ventajosas de sometimiento y bajo un poderoso sistema de encubrimiento, pueden pasar por creíbles resultados ‘espectaculares’?

Entonces, por lo que a mí tocó, empecé a vivir "el silencio de los inocentes" –y, un tanto, a dejarme morir-- con la experiencia ansiosa de otra clase de acallamiento. Aquél, astutamente conseguido, fue el primero de una larga serie de silencios impuestos, sin duda en un más amplio juego de connivencias intrainstitucionales: lo vemos ahora con toda lucidez, recuperados ya psicológicamente después de tanto tiempo. Quien desee saber más de las tácticas de control mental lea los artículos sobre el tema del doctor Hochmann, de la Universidad del Sur de California, y el viejo librito de Sargant, The Battle for the Mind, que no deberìa ser olvidado.

El Sábado Santo de 1955 fui víctima por segunda vez de la misma persona durante el anochecer de ese silencio sacro. Sólo tuve a Dios y a mi confusión por testigos. Lo escribí así en mi testimonio notariado, aunque sé perfectamente que la gente no lo creerá. Quienes dudan deberían entender fácilmente que a un hombre mayor de sesenta años no lo ayuda en nada el sobrecargarse de dificultades innecesarias, y menos a esta edad en la que, como escribió al final Kazantzakis, uno debe pensar, más bien, en ir recogiendo los lápices.

Desconcierta ahora lo gratuito y "natural" de aquel sucedido, en condiciones tan inimaginablemente impropias. Él no asistió a la ceremonia de la luminosa Vigilia Pascual. Lo habían inyectado dos horas antes quienes, sin duda con dificultad le habían conseguido la dosis. En la obscuridad de la enfermería, muy noche, me dijo: "Ya se oye el canto gregoriano en la capilla. Sube a ponerte ‘el uniforme’ y súmate a la comunidad" No hacía falta ya recomendación de silencio. Había quedado sobreentendida. Al día siguiente, glorioso Domingo de Resurrección, él celebró con gran "unción" la misa mayor; y la elevación de la hostia consagrada --tensamente sostenida-- duró considerablemente más tiempo del habitual.

A pesar de todo, muchos temores reprimidos y una dependencia psicológica inexplicable nos habrían de mantener a otros compañeros y a mí en la institución, e incluso después de abandonarla, no sólo callados durante muchos años, sino con varias formas de trato con ella.

Habiendo dejado la congregación, nuestro exsuperior general intrigaba por diversos medios y personas para que no hubiera comunicación entre nosotros. De unos decía a los otros que aquellos no tenían ‘buen espíritu’ acerca de la institución y que había que evitar los contactos.

No obstante, más tarde, varios de nosotros, antiguas víctimas, manifestamos en secreto nuestras preocupaciones a personas de alguna manera prominentes dentro de la estructura eclesiástica. Siempre, casi invariablemente, se nos recomendaba "dejarlo todo al mejor juicio de Dios..." Personas bien intencionadas aconsejaron entregar a las instancias eclesiásticas pertinentes testimonios lacrados con instrucciones para que fueran abiertos sólo después del fallecimiento de la persona señalada. Nosotros nos negamos por dos razones: quisimos hacerlo en vida de él por virilidad nuestra y por justicia, a fin de que el acusado pudiera defenderse.

Los eclesiásticos (lo recordó hace tiempo Hans Küng en un valiente editorial de El País), siempre exigen guardar secreto. De ese modo ellos controlan al mismo tiempo la palabra y el silencio. A mediados de Noviembre de 1956 éste se nos impuso, bajo pena eclesiástica, durante los interrogatorios de ordenanza vaticana en los que callamos la verdad. Precisamente tardamos tanto en saber que los otros también habían mentido porque todos guardábamos el juramento. El martes 13 de Febrero de 1998 entregamos en la nunciatura apostólica de la Ciudad de México el original de nuestra "Carta abierta al Papa". Seis meses después, el Lunes 6 de Julio, el nuncio Justo Mullor García, bajo solicitud anticipada, el viernes anterior, del doctor Arturo Jurado Guzmán, atendió personalmente una llamada mía. Pude darme cuenta, por indicios de observación acústica, de que la conversación, después de una prueba inicial de grabación de la parte de la nunciatura, estaba siendo registrada electrónicamente; a pesar de lo cual, el nuncio, a media charla, sobresaltadamente, me conminó dos veces a que le dijera si yo estaba grabando nuestro intercambio verbal. Yo no lo estaba grabando, y así se lo dije con firmeza. Al final del mismo, y habiéndome recordado él que "la Iglesia tiene sus tribunales para presentar el caso", me dijo que de ese contacto nuestro yo no debía hablar "absolutamente nada con los periodistas". El sábado 17 de Octubre de 1998, al entregar en el antiguo Palazzo del Sant’Ufficio, nuestra demanda en presencia del juez eclesiástico don Antonio Roqueñí y de nuestra abogada canonista, doctora Martha Wegan, el padre Gianfranco Girotti, subsecretario del cardenal Joseph Ratzinger, también nos exigió silencio. Lo prometimos, en la creencia de que nuestra causa sería conducida de buena fe y conforme a lo estatuido por el Derecho Canónico. Cumplimos. Sólo al ver la desaprensión absoluta con que, contra el espíritu y la letra de la ley, fuimos ignorados por la misma Congregación para la Defensa de la Doctrina de la Fe, aun tratándose de cláusulas de tiempo no prescrito, la mañana del 30 de Julio del 2000, comunicamos personalmente al padre Girotti que ya no callaríamos más.

(¡Oh, es grandísima en el Vaticano la preocupación por la pureza de la doctrina de la fe: porque evidentemente la praxis cristiana de ciertas virtudes no parece importarles tanto, mientras el desprestigio mundial por no hacerlo no les traiga mayores consecuencias!)

El mismo cardenal Ratzinger, según testimonio ya público por la valentía del padre Alberto Athié y ante una misiva este sacerdote, manifestó a Carlos Talavera, obispo de Coatzacoalcos, Veracruz, que frente al "delicado" caso de Marcial Maciel era necesario el silencio.

Hemos sobrellevado también otros silencios: el de algunos familiares insensibles, el distanciamiento de ciertos asociados, el retiro de amistades, aun de las de aquellos antiguos compañeros que conocen perfectamente la verdad de lo que hemos revelado y que fueron, ellos mismos, víctimas, confidentes, y, en algún caso, no sólo partícipes y encubridores sino hasta falsarios contra quienes hemos dicho la verdad.

Sufrimos también por el silencio de aquellos hermanos que se quedaron dentro de la institución y que encanecen ya bajo una depresión crónica –estamos informados--, controlados con fármacos. Esos eran los hombres que combatirían al comunismo, a la teología de la liberación, a la "New Age" y ahora en pro de la bioética... (siempre el nuevo caballito de Troya de popularidad con el papa en turno). Ellos, a pesar de sus filosofía y teología, siguen prisioneros de almas también cautivas, sin duda tristes hasta la muerte; no han podido sacar el testimonio de su propia conciencia, ¡cuando sería el momento, por fin, de recuperar al menos su dignidad y el ejercicio de su última libertad!

Irrita el silencio de otros cómplices: el de las cúpulas de diversa índole, ¡pues tanto habría de periclitarles! Está también el silencio espasmódico ciertos medios de comunicación, éstos mismos bajo la férula de los intereses y de los poderes, aunque bien quisieran muchos buenos hombres de la profesión cumplir con su gran deber social de informar desapasionadamente y sin temor. Dondequiera que se permita una gran injusticia hay un caso Dreyfuss; ¡ojalá también nosotros tuviéramos nuestro Emile Zola!

Y nos abruma (¿cómo podríamos olvidarlo?) para quienes quieran entenderlo, el doloroso silencio del Papa, tintado a veces por la inveterada dialéctica del doble discurso. ¿Cómo no habría de dolernos?

Para escribirte esta carta, Eduardo, me recogí en el campo. Y escucho ahora, desde el fondo de la sala, a Alfred Brendel interpretando al piano "La bendición de Dios en la soledad", de Franz Liszt.

Del silencio del Señor no tengo dudas, porque sé que sus tiempos no son nuestros tiempos. Por mi parte, como mis nobles y más sacrificados compañeros, he escrito lo que creo que en conciencia debo manifestar. Sus revelaciones, como sus experiencias sufridas –las conozco ya-- son mucho más graves y dolorosas que las mías. Yo me acojo al salmo treinta y ocho; y, por eso, generoso amigo y comprensivo lector, si es que has llegado hasta aquí, concluyo, esperanzado a pesar de todo, con este pensamiento, bien entendido, de Max Picard:

"En cualquier otra parte, fuera de la plegaria, el silencio en el hombre sirve a la palabra del hombre; pero ahora, en la plegaria, la palabra sirve al silencio en el hombre: la palabra guía los silencios humanos hacia el silencio divino."

Versión imprimible