Heil Christu
¡Heil Christus!
• A punto de ponerse la sotana abandonó la orden. Fue uno de tantos chicos españoles reclutados por los ultracatólicos Legionarios de Cristo en los 80. En sus seminarios y colegios, aquí y en el extranjero, pasó seis años de su adolescencia.
Reportaje por: Alberto GAYO
24/07/06
“Obediencia pronta, motivada y heroica!! ¡¡Heil Christus!!”. Su mente grabó aquellos lemas y más de veinte años después no puede borrarlos. “Todo lo hacíamos por Cristo, por Cristo. Todo el día Heil Christus”. Ha dado muchos tumbos buscando respuestas, intentando acabar con la programación mental a la que dice fue sometido. El encuentro es en la capital leonesa, a pocos metros de la catedral. Álvaro –prefiere que no sea revelada su identidad real– fue uno de esos cientos de chavales españoles reclutados por la ultracatólica orden de los Legionarios de Cristo, cuyo fundador, el mexicano Marcial Maciel, ha sido castigado por el Vaticano tras una investigación sobre abusos sexuales a jóvenes seminaristas.
Álvaro pasó seis años bajo sus estrictas ordenanzas, entre el seminario cántabro de Ontaneda y otros centros de la congregación en Estados Unidos. Unas cuantas semanas le separaban de su ordenación cuando decidió abandonar el ejército de Cristo. Él no vio abusos sexuales ni maltratos, pero sí asegura: “Me destrozaron la vida igual y todavía hoy me arrepiento de aquel verano. Nunca volví a ser el mismo”. Ocurrió en 1983, antes de las vacaciones. Álvaro estudiaba en una capital de provincias del norte de España. “Un día apareció un cura que se dedicaba a ir por los colegios captando chavales, nos puso diapositivas de las piscinas termales, de chicos jugando al fútbol, al voleibol, haciendo excursiones… una imagen idílica del verano. Yo era un chaval inquieto, un guindilla, y dije: «¿Por qué no?» Fui el único de la clase que me apunté”.
Los meses estivales pasaron rápido entre juegos, campamentos, misas y rosarios. Pero llegó el invierno y decidió quedarse todo el curso. En total, poco más de cien chavales. El rector era el padre Jorge Carrillo, que había sustituido al padre Morelos, enfermo en esas fechas [varios testimonios de ex legionarios acusan al padre Morelos de abusos a jóvenes novicios o que hacían el apostolado].
A los padres de Álvaro les prometieron que cursaría estudios como los demás chicos, más los del seminario. “Era el pequeño y mi madre no lo vio mal. A mi padre, un trabajador de Altos Hornos, le costó más asumirlo”. Todo cambió. Con doce añitos, Álvaro dormía en un barracón, se levantaba a las seis y media de la mañana, hacía la cama en dos minutos, se duchaba y a las siete ya tenía que estar en la capilla. “Los menores no podíamos hablar con los medianos y éstos tampoco con los mayores. Cualquiera podía chivarse, te premiaban. Estábamos obligados a contar todo lo que viésemos, por nota o directamente al cura. No había ninguna intimidad. Todo estaba controlado, tu diario, tu cama, tu taquilla, tus cartas…”, recuerda Álvaro, cuya apariencia nada tiene que ver ahora con la de un legionario: gorra beisbolera, piercing… y un Cristo crucificado dorado en el pecho, “lo único que me ha quedado, el respeto por una persona que tenía unos principios, de lo demás no me creo nada”.
Control de la correspondencia
Toda la correspondencia, tanto de salida como de entrada, era leída previamente por el director espiritual. Con la excusa de mejorar la ortografía [ver documento], las cartas enviadas a los padres eran abiertas, leídas y corregidas con antelación, y para que la carta no quedase en manos ajenas, todas eran marcadas con un sello donde se “rogaba” a los progenitores que las devolviesen “para que repitiendo ocho veces las palabras corregidas logre una mayor superación”. Toda una fórmula para controlar el contenido de las misivas. “Las que llegaban de fuera venían abiertas, sabían lo que pensaba y lo que pensaban mis padres, los únicos con los que podía escribirme”.
Haciendo el apostolado todavía tenía la oportunidad de visitar a su familia un par de semanas al año –los novicios, ni eso–, aunque a él nadie que no fuesen sus padres –y estaban lejos– podía visitarle. “Teníamos prohibido hablar durante el desayuno, la comida y la cena. En ese tiempo, había una persona subida en un atril leyendo y no podías ni pensar porque en cualquier momento apretaba el timbre y te preguntaba sobre la lectura, casi siempre normas que llamaban de urbanidad: cómo sentarte, cómo hablar, cómo vestirte, cómo relacionarte…”. Álvaro no olvida que cuando, cinco años después, volvió a su colegio, “aquel flecha que yo era se había convertido en auténtico niño tonto y agilipollado, se reían de mí y me cayó más de una colleja. Lo que nos enseñaban en el seminario era algo irreal, un séptimo cielo donde tenías que ser el número uno, donde todo se centraba en premios para los primeros –ver en la tele una película de romanos– y castigos basados en el aislamiento y la incomunicación. Cuando sales el choque es brutal, las reglas no son las mismas y te sientes estafado, programado mentalmente y perdido”.
El primer año pasó y en el verano de 1984, estando en su casa, tuvo un problema de salud. Retrasó su regreso a Ontaneda. “Mi madre con tenerme cerca estaba contenta, por mucho que rezase el rosario o fuese a misa, y sobre todo pensaba que rezando me alejaría de la droga, que era un problema para muchos chavales. A los curas no les gustó nada que no volviese en la fecha indicada”. Por entonces, sus padres pagaban al mes cerca de 10.000 pesetas.
Volvió y quedó de los primeros en su promoción de 8º de EGB. Para lograr una mayor implicación del adolescente con la orden y un mayor alejamiento de su entorno, con 14 años mandaron a Álvaro al centro que los Legionarios habían abierto en New Hampshire (Estados Unidos). Tan joven y le habían convertido en cofundador de un centro educativo con una misión: comer el coco a los críos nuevos.
Álvaro –que conserva un diario, facturas de mensualidades, cartas y notas de calificaciones– conoció al fundador, al mexicano Marcial Maciel, poco antes de partir hacia Estados Unidos. “Para todos era ‘mon père’ (mi padre), había que venerarle, era un ser carismático, nos mandaba cartas personales con obligaciones…”. A todos les hacían estar orgullosos de formar parte de las fuerzas de choque de Cristo, les pedían muchos sacrificios y una misión: “Teníamos encomendada la salvación de cien almas. Si no te hacías sacerdote, esas almas se perderían. Imagínate un chaval, de entre 12 y 13 años, que está formándose y absorbe todo, la presión que se ejercía sobre él, el estrés que provocaba y el peso en la conciencia de sentir esa responsabilidad. Por eso los cogen tan jóvenes, éramos como hojas tiernas que absorbíamos todo, las enseñanzas, las órdenes. Por eso ahora han tenido que acudir a Suramérica en busca de vocaciones. Los adolescentes españoles son mucho más espabilados y no se van a dejar engañar fácilmente”.
“Sólo con ellos se hace el bien”
Como cualquier adolescente, el sexo despierta por reglas internas y lecturas que aprieten. “Una cosa es educar y otra prohibir. Era un pecado contra la pureza y tenía que confesarme todos los días, hasta que el cura un día me echó tal bronca que la línea que seguía empezó a torcerse. El cargo de conciencia va creciendo como una bola. Te convencen de que sólo con ellos puedes hacer el bien”.
Nada más llegar al internado de New Hampshire –“un sitio espectacular, con un lago, todo típico americano”–, Álvaro ya se quería volver. Tuvo el apoyo de un familiar que vivía en Estados Unidos, “al que la orden le sacaba todo el dinero que podía con cualquier excusa. Si hay algo claro es que van a por la pasta. Como no había en qué gastarlo, llegué a ahorrar lo que hoy son 400 euros, pero de repente desapareció, me lo habían quitado para no sé que gastos de la granja”.
Según relata Álvaro, cuando decidió abandonar la congregación tuvo hasta que enviar dinero a los Legionarios para que le remitiesen su expediente académico y convalidar en España sus estudios. Las cosas empezaron a torcerse y no paraba de recibir broncas y castigos por quedarse mirando a una pareja que se hacía arrumacos o porque hablaba de chicas. Fue en aquel momento cuando uno de los superiores le dijo que iba a examinarle para ver si había que operarle de fimosis. “Me bajé los calzoncillos y empezó a echarme para atrás la piel, una y otra vez hasta que le aparté el brazo. No lo consideré raro, pero otro compañero al que le pasó lo mismo desapareció, le echaron porque sus padres llamaron muy enfadados”.
Álvaro lo tenía todo decidido, no podía anunciar su huida. Llegó el director territorial de Estados Unidos y le contó sus problemas. Éste encontró como solución enviarle al seminario y calzarle una sotana con 14 años, antes de tiempo. “Allí hubiera sido más duro porque sabíamos que había flagelación y otras normas para mí inhumanas, así que me las ingenié para ir a ver a mi familiar en Estados Unidos y ya no volví. Fue una liberación, lograr ser libre otra vez”.
Lo más inconcebible para Álvaro es la presión, enseñanzas y métodos ejercidos sobre chicos tan jóvenes. Regresó a España y encender la televisión era a la vez algo que le dejaba sin habla y un peso en la conciencia. “Te hacían sentir tan culpable que al final te anulaban y llegabas a no echar de menos nada de lo que había fuera. Te lo tragas todo, lloras solo…”.
Una vez en la sociedad, todo se trastocó. “Era un tontín. Todo había sido una gran mentira que no te preparaba para vivir en libertad”. Nunca más se confesó, tiene dos hijos y nunca se casó. Sus padres murieron y no lo tuvo fácil. Nada más dejar la orden buscó respuestas en el lado contrario, se hizo un viva la virgen, juró no sacrificarse por nada, se hizo más conformista, e incluso estuvo consumiendo drogas una temporada. “Ellos me convirtieron en lo que soy. Utilizaron en un crío técnicas de programación mental en las que la familia no existe, te excluyen de ella, en las que todo son castigos y cargos de conciencia. Es una secta reconocida que posee terrenos, que tiene influencias en el poder”. Pero, al menos, gracias al inglés que aprendió con los Legionarios encontró trabajo después de la mili. “De mi generación no quedó ni uno dentro. Yo quise volver a ser como antes de los 12 años y no pude. Hay otras maneras de educar a un chaval”.
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