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Paul Menchaca

Un Violento Despertar

UN VIOLENTO DESPERTAR

Mi experiencia en la Legión de Cristo, 2.000 – 2.001

Por Paul Menchaca.

FELIZ CANDIDATADO

A instancias de algunos de mis amigos y familia, estoy escribiendo esto como testimonio del abuso que sufrí y continúo sufriendo a manos de la Legión de Cristo.

Dejé mi hogar en Los Ángeles para el programa de Candidatado en Cheshire CT en el 2000. Acababa de graduarme recientemente en la escuela superior. Salí para el programa de Candidatado en contra de los deseos de mi familia, y de los religiosos y sacerdotes de mi entorno. Aunque yo estaba al tanto de las acusaciones contra la Legión como secta, me habían dicho que los críticos eran “enemigos de la Iglesia que buscaban la destrucción del trabajo de Dios”.

Al entrar en el programa de Candidatado, me encontré en el mundo soñado por un adolescente. Estaba rodeado por otros chicos de mi edad en un entorno con pocas reglas. En los dos meses en los que estuve en el programa de Candidatado nos permitían jugar al fútbol, baloncesto, hacer caminatas y viajar a través de Nueva Inglaterra. Nos animaban a hacer amigos y a coger familiaridad unos con otros. En ese tiempo yo no tenía sospechas de lo que se avecinaba, considerando que no nos dieron ninguna información sobre el programa de Noviciado. Aunque mis compañeros del Candidatado solicitaron un programa del Noviciado, nunca nos dieron ninguno, pese a que el edificio del Noviciado estaba al lado de nuestro edificio. La segundo cosa de la que tuve conocimiento y me inquietó fue que algunos habían entrado en el programa de Candidatado sin tener ni idea de que los estaban preparando para el Noviciado.

El día que completé el retiro que señalaba mi entrada al Noviciado fue uno de los días más felices de mi vida. Por fin estaba entrando en la comunidad que era “la fuerza de élite” de Cristo. Me sentí, y me lo dijeron, que yo había sido “elegido”: Dios me había llamado para dedicar mi vida al trabajo de la Legión de Cristo. Como pude ver a mi alrededor la noche que recibí mi sotana, las lágrimas llenaron los ojos de muchos de nosotros.

Mi primer día en el Noviciado fue como si me hubiesen tirado en una cuba de agua helada. Nuestro casi caótico Candidatado se transformó rápidamente en un entorno muy rígido. Se esperaba que ajustásemos toda nuestra vida a esos ideales de la Legión. Nos dieron múltiples libros de reglas que dictaban cada aspecto de nuestras vidas. A grandes rasgos, esos libros nos instruían sobre cómo comer, andar y hablar. Ellos también dictaban nuestras comunicaciones con los amigos y la familia. Cualquier duda o problema que tuviésemos debía ser compartido sólo con los Superiores Legionarios.

Cuando llevaba unas dos semanas de mi noviciado en Cheshire, se anunció que mi sección tenía que hacer su noviciado fuera de los USA, la mayoría en Europa o Canadá. A mí asignaron a Irlanda. Antes de salir para Europa se me permitió llamar a mi familia una última vez. Al decirle a mi madre que me iba a Europa ella pareció muy dolida y triste. Cuando le pregunté el por qué, me dijo que la noche anterior había tenido un sueño muy inquietante. Me dijo que me había visto pareciéndole extremadamente delgado, pálido y con círculos oscuros alrededor de mis ojos. Cuando ella me preguntó en su sueño qué iba mal, le dije “estoy enfermo”. Mi madre me dijo que se despertó llorando después del sueño por mi horrible aspecto. Le aseguré que todo estaba bien y que era muy feliz allí.

A aquellos de nosotros que íbamos a Europa, nos dijeron que habíamos sido elegidos porque Europa necesitaba una mejor presencia católica y, después, que el mundo miraría hacia nosotros, los americanos. Menos de una semana después de recibido mi destino, junto con otros cinco, estaba en un avión rumbo a Irlanda.

MI EXPERIENCIA IRLANDESA

La emoción me embargaba en el avión hacia Irlanda. Era un país que había querido visitar toda mi vida; y ahora, ¡en menos de un par de horas estaría allí! En el avión mi mente volaba esperando con ansiedad llevar el amor de Cristo a las gentes de Europa. Mi primera duda seria apareció menos de cinco minutos después de llegar a Irlanda.

Tal como bajamos del avión fuímos recibidos por otros cinco Legionarios. Como ya había notado en todos los novicios, la primera cosa de la que me dí cuenta fue de cómo se les veía a todos iguales. Parecían como robots: todos ellos se veían y hablaban exactamente igual. Recuerdo haberles observado y verlos no como seres humanos únicos, sino como robots. Tuve la sospecha al minuto de conocer a mis compañeros novicios que esa no era mi vocación.

Le conté mis dudas a mi Instructor de Novicios (que era también mi Director Espiritual y mi Confesor). Me dijo que eso era normal y que yo debía perseverar en mi vocación hacia la Legión. Yo le pregunté entonces sobre las visitas a casa: comprensiblemente, no había visitas familiares durante el noviciado. Puesto que yo estaba destinado en Europa, la próxima vez que yo podría esperar ver a mi familia sería en unos seis años. Cuando le pregunté sobre llamar a casa, me dijo que estaban permitidas un par de llamadas al año. Encontré esta extrema separación del mundo exterior difícil de comprender y de aceptar. Después de todo, cuando estaba en el Candidatado nos permitían llamar a casa a cada momento. Nuestros superiores en el Candidatado nos animaban a llamar a casa con regularidad.

A pesar de mis reservas, decidí seguir con el Noviciado hasta tener claro que esa no era mi vocación. Al tiempo que progresaba en mi noviciado, me familiarizaba con las reglas que tenía que seguir. Lentamente, mis actos externos empezaron a ajustarse a las detalladas reglas de la Legión. Pero aunque en lo externo parecía acatar el estilo de vida Legionario, mi vida interior estaba destrozada y mis dudas crecían con el tiempo.

Me dí cuenta del extraño amor que se cultivaba en torno al fundador, P. Maciel, al que llamábamos con un título especial: “Nuestro Padre”. Las paredes de nuestro seminario estaban forradas de fotos del P. Maciel y su familia. Durante nuestras “Horas Eucarísticas” antes del Sagrado Sacramento, se esperaba de nosotros que meditásemos sobre sus cartas personales. Cada clase tenía una referencia a la heróica historia de Maciel. Entre los muchos poderes extraordinarios que se decía que tenía Maciel estaba la habilidad de “leer las almas”. De acuerdo a esto, el P. Maciel tenía el don de saber de la vocación de una persona sólo mirándola. El P. Maciel también dictó en las normas que su cumpleaños, el día de su bautizo y el de su santo deberían ser celebrados como fiestas de “Primerísimo”, en igualdad con la Navidad y la Pascua.

Nuestra casa irlandesa era un colegio para chicos mexicanos muy adinerados que iban a Irlanda a estudiar inglés. Mi apostolado era trabajar con esos chicos a través del ECYD (un grupo de juventud patrocinado por el Regnum Christi). Me dijeron que había dos fines para el ECYD: conseguir que los chicos se comprometieran con el Regnum Christi o, lo ideal, captarlos para el Seminario Menor en New Hampshire. Si veíamos a un joven del que pensásemos que podría ser un buen sacerdote debíamos decírselo a uno de los Capellanes legionarios. Entonces el Capellán explicaría al chico y a sus padres que la escuela de New Hampshire era una simple escuela preparatoria. Ellos escondían a sabiendas el hecho de que la escuela de New Hampshire era un Seminario Menor. Esto se hacía para prevenir que los padres “estropeasen la vocación que el chico tenía hacia la Legión”.

Yo estaba encargado de dar charlas semanales a los chicos acompañados de un novicio señor. Yo quería ver que los chicos progresaran en su santidad cristiana, por lo que limitaba mis charlas a las aplicaciones prácticas y espirituales de la virtud. Las charlas del novicio señor giraban en torno a Nuestro Padre y sus cosas. Aunque la mayoría de los chicos no tenía conexión ni con el Regnum Christi ni con la Legión, también ellos eran adoctrinados en el amor al fundador.

En el cumpleaños del P. Maciel los chicos tenían un día sin escuela, señalado como día de fiesta grande en el colegio. La Legión le pidió a los chicos que hicieran posters deseando al P. Maciel un feliz cumpleaños. A algunos de los chicos se les pidió que escribiesen composiciones rogando por el fundador y su vida. De nuevo, la mayoría de los chicos y sus familias no tenían conexión con la Legión. Por qué deberían celebrar ellos el cumpleaños de un hombre que no estaba muerto, que no era un Santo y con el que ellos no tenían conexión.

Muchas noches me mantenían despierto los sonidos de esos chicos siendo gritados y llamados con horribles nombres en español. Aunque yo vivía en el piso de arriba de los chicos, aún podía escuchar los abusos verbales y emocionales que sufrían. Las contadas veces que me aventuré al segundo piso, ví con mis propios ojos los abusos y humillaciones que sufrían. Las escenas de heridas y lágrimas son imágenes que aún siguen grabadas en mi mente. Yo buscaba el momento de escabullirme escaleras abajo y enseñar a esos chicos qué era el amor Cristiano. Cuando bajaba las escaleras podía reunir a los chicos y mantenerlos junto a mí, confiándome el daño que habían sufrido. Les aseguré que ellos no eran horribles y que yo siempre estaría ahí para ellos.

Cuando confronté a mi Instructor de Novicios (también Rector de la casa) sobre lo que había pasado, él desechó mi denuncia y me dijo que esa era la forma en la que se hacían las cosas en la Legión: El P. Maciel veía sus colegios como otra forma de Seminario Menor y que los chicos debían ser puestos en su sitio.

Un día, cuando escuchaba el abuso a los chicos, empecé a llorar descontroladamente. Cuando me miré en el espejo no me veía a mí, veía a alguien a quien no conocía. Había perdido unos 15 kilos, mi piel estaba pálida y tenía círculos oscuros alrededor de mis ojos. Cada momento de mi vida estaba controlado, no había privacidad y odiaba las tácticas y la devoción al P. Maciel. Durante casi un mes me estuve privando de alimentos. Cuánto podía comer parecía ser la única cosa sobre la que yo tenía control: por eso elegí no comer. Mi elección de comer tan poco como fuese posible era el único aspecto sobre el que yo tenía control en mi vida.

Al tiempo que lloraba, me ponía de rodillas y rezaba. Una ira extrema me consumía. Maldije a Dios, lo maldije por permitir que eso me ocurriese a mí. Lo maldije por permitir que eso le sucediese a los chicos. Parecía que había una ruptura en mi cabeza: Sabía que lo que estaba pasando estaba mal y que esa no era mi vocación. Pero la idea de dejarlo me llenaba de temor.

Una vez más le dije a mi Instructor de Novicios lo que estaba ocurriendo y finalmente le dije que quería dejarlo. Me dijo que necesitaba un permiso explícito del P. Maciel para mí para dejarme salir. Fue entonces cuando se cortó mi contacto con el Instructor de Novicios. Se suspendió mi Dirección Espiritual. Nunca tuve una palabra de respuesta del P. Maciel. Un par de días después de decirle a mi Instructor de Novicios que quería dejarlo, el Asistente de Novicios me llevó aparte y me sermoneó: me dijo que yo debería haber sido expulsado hacía mucho tiempo; que yo era una persona horrible y que si hubiese sido por él, yo habría sido expulsado hacía mucho tiempo, pero el P. Maciel había visto algo especial en mí; había sido llamado a ser un Legionario, un Legionario especial; yo hubiese podido llevar mucha gente a Cristo, si sólo hubiese permitido ajustarme a los planes de la Legión.

Conforme pasaba el tiempo cada vez tenía más claro que esa no era mi vocación. Quería salir, y decidí ser paciente y esperar el permiso para irme. Durante ese tiempo fui aislado y boicoteado. Mis superiores me asignaron las tareas más humillantes en la casa. Durante el tiempo de conversación (uno de los pocos períodos de tiempo en los que podíamos hablar unos con otros) llegó a ser normal para mí que me enviasen fuera a recoger las heces que dejaban los caballos en nuestro corral. Las semanas pasaban y yo no podía tener contacto con nadie, abandonado a mi suerte, sin darme siquiera el privilegio de la Dirección Espiritual.

DEJANDO LA LEGIÓN

Cansado de esperar la respuesta del P. Maciel decidí tomar el asunto en mis manos. Fui a la biblioteca, cogí el libro de Derecho Canónico y escribí en un pequeño trozo de papel el Canon que da a los Novicios el derecho de dejarlo en el momento que quieran. Dejé este papel para mi Instructor de Novicios, convencido de que volvería pronto a casa. Esa noche recibí la visita del Asistente de Novicios. Me dijo muy claramente “esto no es una escuela preparatoria; no puedes entrar e irte cuando quieras. Puedes entrar e irte cuando nosotros te lo digamos”. Me dijo que si quería salir tendría que darles 1.500 dólares. De acuerdo con sus condiciones llamé a mi madre. En lugar de pedirle los 1.500 dólares le dije que estaba retenido en contra de mi voluntad y que llamase a las oficinas de la Archidiócesis si no estaba en casa en una semana. Al día siguiente tenía el billete de avión de vuelta a casa.

RECUPERACIÓN

Al dejar la Legión estaba extremadamente delgado, pálido, con círculos oscuros alrededor de mis ojos. Cuando mi madre me vió por primera vez rompió a llorar y me preguntó qué había pasado. Mi respuesta fue “estoy enfermo”. Mi última llamada de teléfono a casa antes de salir para Irlanda parecía estar llena de sueños muy proféticos, un signo del amor que mi familia y Dios tenían por mí.

Mi primer par de meses después de dejar la Legión fueron los peores días de mi vida. No podía conciliar el sueño porque estaba bajo la impresión de que iría al infierno por rechazar mi vocación. Quería volver a la Legión, decirles que lo sentía, rogarles que me dejasen volver. Cada día me encontraba más enfadado contra todos los que me rodeaban. Por primera vez en mi vida, estallé contra mi madre sin razón aparente. Empecé a odiar a Dios y a la Iglesia por permitir que ese grupo existiese; mi fe fue reemplazada por un odio extremo.

A través de los esfuerzos de los que me rodeaban, mi odio disminuyó y recuperé la fe que había perdido. Pero mi lucha no ha acabado. Aún me despierto con vívidas imágenes en mi mente; las pesadillas son aún parte de mi vida; aún tengo problemas de odio contra la Legión y el Regnum Christi. Aún lloro cuando pienso en los chicos que dejé en Irlanda. Me siento aislado y sólo cuando tengo que afrontar esas cuestiones.

Cuando hablo sobre mi experiencia en la Legión rezo para que mi testimonio prevenga a otros de cometer los mismos errores. Preferiría experimentar otra vez el sufrimiento en la Legión que permitir que otro niño sea entregado a este grupo.

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